Paula Icarte, Psicóloga: "Cuando la tristeza infantil no siempre parece tristeza"

La soledad en la neurodivergencia, cómo muchas veces el malestar emocional en niños y adolescentes puede pasar inadvertido y la importancia de construir espacios educativos donde puedan sentirse comprendidos, incluidos y parte de una comunidad.

7/26/20265 min read

Paula Icarte Toro es Psicóloga Educacional y Clínica Infanto-Juvenil, especialista en neurodesarrollo. Dirige el Espacio de Desarrollo y Salud Mental Casa del Lago, desde donde trabaja en evaluación neuropsicológica, diagnóstico y psicoterapia de niños, adolescentes y sus familias, promoviendo una mirada basada en evidencia sobre salud mental, inclusión y desarrollo infantil.

Una de las frases que más escucho en la consulta es “Mi hijo cambió”. Los padres describen que antes jugaba, se reía, quería ir al colegio, disfrutaba de sus intereses. Poco a poco comenzó a aislarse, a irritarse con facilidad, a decir que estaba aburrido de todo, que nadie lo entendía o que simplemente no quería volver al colegio. Sin embargo, pocas veces esos niños llegan diciendo “estoy triste”.

La depresión infantil rara vez se presenta como la imaginamos los adultos. La tristeza en niños y adolescentes puede esconderse detrás de una conducta desafiante, de la irritabilidad constante, del silencio, del rechazo escolar, de las molestias físicas recurrentes, del cansancio permanente, de la pérdida de motivación o de un aparente desinterés por aquello que antes les apasionaba. En muchas ocasiones, aquello que interpretamos como una mala actitud es, en realidad, una forma de sufrimiento que todavía no encuentra palabras para expresarse. Esta realidad adquiere una profundidad aún mayor cuando hablamos de niños y adolescentes neurodivergentes.

Existe una soledad en personas neurodivergentes, de la que poco hablamos. No es únicamente la soledad de quien está físicamente solo. Es la experiencia de sentirse diferente incluso estando rodeado de personas. Es el esfuerzo constante por comprender reglas sociales que parecen naturales para otros, por intentar responder de la manera “correcta”, por controlar movimientos, modular la voz, tolerar ruidos, anticipar conversaciones o esconder aquello que realmente les interesa para no sentirse extraños o simplemente tratar de ser lo que no son para encajar con los demás.

Muchos niños pasan toda la jornada escolar intentando adaptarse. Adaptarse al ruido. Adaptarse al recreo. Adaptarse al trabajo en grupo. Adaptarse a códigos sociales que nadie les enseñó explícitamente. Adaptarse a expectativas que muchas veces sobrepasan las posibilidades de un cerebro que aún está en desarrollo y ese esfuerzo tiene un costo, donde llega un momento en que algunos simplemente se cansan. Entonces aparece el niño que deja de participar, el adolescente que ya no quiere levantarse para ir al colegio, quien comienza a faltar con frecuencia, quien baja bruscamente su rendimiento académico, quien explota por situaciones aparentemente pequeñas o quien prefiere permanecer solo porque relacionarse dejó de ser un espacio de bienestar y pasó a convertirse en una fuente permanente de agotamiento.

Con frecuencia, el sistema educativo observa la conducta. Nosotros vemos al niño que no entra a clases, que no trabaja, que se distrae, que responde mal, que se encierra en el baño durante los recreos o que pasa solo mirando cómo juegan los demás. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos ¿qué experiencia emocional existe detrás de esa conducta? - Quizás ese niño no está desafiando a los adultos. - Quizás lleva demasiado tiempo sintiéndose fuera de lugar. - Y es aquí donde quisiera detenerme en una reflexión que considero urgente. ¿Qué estamos haciendo realmente como sistema educativo para prevenir esta soledad?

En los últimos años hemos avanzado enormemente en hablar de inclusión. Existen leyes, protocolos, adecuaciones curriculares, programas de integración escolar y equipos multiprofesionales comprometidos con el bienestar de sus estudiantes. Todo ello representa un avance importante y necesario. Pero me pregunto si, en ocasiones, hemos reducido la inclusión a un conjunto de apoyos académicos, olvidando intervenir el lugar donde muchos niños realmente sufren, como es en las relaciones humanas. Porque la mayoría de las heridas emocionales de un niño no ocurren durante una prueba de matemáticas, ocurren en el recreo, en los trabajos grupales, cuando nadie lo elige para formar equipo, cuando observa que todos parecen tener un grupo de pertenencia mientras él permanece al margen, cuando siente que debe actuar como otra persona para ser aceptado. Seguimos preguntándonos cómo enseñarle habilidades sociales al niño neurodivergente, pero pocas veces nos preguntamos cómo enseñarle a la comunidad a recibir la diversidad y quizás esa es una de las grandes deudas que aún tenemos.

La inclusión no consiste únicamente en permitir que un estudiante permanezca dentro de una sala de clases. La verdadera inclusión ocurre cuando ese estudiante siente que pertenece. Entonces aparece otra pregunta. ¿Por qué las oportunidades de encuentro siguen siendo tan limitadas? En muchos establecimientos escolares, los principales espacios de participación continúan siendo el fútbol, otros deportes, el baile, los actos escolares o algunas actividades tradicionales.

Todas ellas son valiosas, pero representan solo una parte de los intereses que pueden existir dentro de una comunidad educativa. ¿Dónde están los clubes de ciencia? ¿Los talleres de astronomía? ¿Los espacios para programación, robótica o inteligencia artificial? ¿Los grupos de lectura, escritura creativa o historia? ¿Los talleres de naturaleza, paleontología, música, dibujo, fotografía o videojuegos desarrollados desde una perspectiva educativa? ¿Cuántos niños podrían descubrir allí a su primer amigo? No todos los niños construyen vínculos corriendo detrás de una pelota. Algunos conectan resolviendo un problema matemático. Otros hablando durante horas sobre dinosaurios. Otros programando un robot. Otros observando aves. Otros creando historias. Otros compartiendo una colección.

La amistad no surge únicamente porque dos niños tengan la misma edad. Muchas veces nace porque comparten una pasión. Y cuando los colegios ofrece muy pocas oportunidades para que esas pasiones se encuentren, algunos niños permanecen durante años convencidos de que el problema son ellos. Tal vez nunca fueron ellos. Tal vez simplemente nunca encontraron el espacio donde podían ser auténticamente quienes eran.

Como sociedad solemos preguntarnos por qué cada vez vemos más ansiedad, más rechazo escolar, más síntomas depresivos y más consultas por salud mental en niños y adolescentes. Quizás también deberíamos preguntarnos cuánto de ese sufrimiento nace de la experiencia cotidiana de no sentirse comprendidos, de no encontrar un lugar donde pertenecer o de tener que adaptarse permanentemente a un mundo que pocas veces se adapta a ellos. La neurodivergencia no es sinónimo de sufrimiento. Lo que produce sufrimiento es la exclusión. Es la incomprensión. Es el acoso. Es la invisibilidad. Es la sensación de que solo seré aceptado si aprendo a parecerme a los demás. La verdadera inclusión comienza mucho antes que una adecuación curricular. Comienza cuando un colegio decide construir una cultura donde cada estudiante pueda encontrar un espacio para desarrollar sus talentos, compartir sus intereses y descubrir que existen otros niños con quienes puede conectar de manera natural. Porque la soledad no siempre desaparece enseñando al niño a adaptarse. A veces desaparece cuando, por fin, encuentra un lugar donde ya no necesita hacerlo.

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